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Sección: Opiniones

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Abracadabra

Por: Aldo Fulcanelli, {{ dateString(fecha_noticia) }}

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Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Escritor, comunicador y promotor de la cultura. Nacido en Guadalajara, Jalisco, fue jefe del Departamento de... Leer más

Terrorismo doméstico

Lo sucedido recientemente en Charlottesville (Virginia), donde un individuo de ideas supremacistas atropelló a un grupo de personas, asesinando a una e hiriendo a otras, ha vuelto a destapar un debate de amplias connotaciones morales e incluso afectivas en los Estados Unidos.

El empoderamiento de la cultura de la violencia amparado en el despertar de un fundamentalismo de connotaciones racistas, todo ello ante una sociedad que se niega mirar sus extremos.

Es un debate moral, pues todavía hay amplios sectores de aquel país que legitiman (por ejemplo) la posesión irregular de armas de fuego amparando su posesión en una vieja enmienda constitucional, también existen numerosas agrupaciones que defienden esto último, coaligándose para evitar la aprobación de leyes que regulen la posesión o prohibición de ciertas armas de fuego, a la par de los grandes intereses del Complejo Militar Industrial; en uno u otro sentido, se trata pues de una nación que vive y respira junto a sus armas, querámoslo o no, la posesión de estas últimas, es parte de la forma de vida americana, y un innegable aliento a la cultura de la violencia.

También se trata de un debate afectivo, pues los ciudadanos que defienden la posesión exacerbada de armas de fuego, enarbolan aquella máxima de que: “es necesario proteger a nuestras familias o propiedades de las amenazas del exterior”, todo ello ante una exacerbada difusión de la violencia por parte de los grandes consorcios televisivos que pretenden diluir la libertad de información, mezclándola tendenciosamente con la abierta promoción de la truculencia que además de vender etiquetada en el morbo, contribuye a potenciar la histeria de una sociedad ya gravemente lesionada por la paranoia.

El uso indiscriminado de las armas de fuego, en una nación que dice amarlas abiertamente, ha detonado en actos como el acontecido en 1999 en Columbine, donde un par de alumnos de un centro escolar planificaron el asesinato de sus compañeros como si se tratara de personajes emanados de algún videojuego o película de acción, o lo que es peor, lo sucedido en aquella triste fecha vino a superar toda ficción, reavivando desde entonces la añeja discusión por el control en la posesión de armas de fuego.

Pero la “masacre de Columbine”, no sería suficiente para aleccionar a una sociedad incapaz (por el momento) de recapitular sobre los pasos de su historia, y los hechos de violencia se reprodujeron tiempo después en iglesias, escuelas, clubes nocturnos, centros comerciales y hasta salas de cine; en los albores del Siglo XXI, al lado de la realidad virtual o el culto por las redes sociales, las armas de fuego se transformaron en cuchillos, bombas caseras, bastones u objetos contundentes utilizados para lesionar a personas, e incluso automóviles o camiones con la finalidad de atropellar a diferentes grupos sociales, con o sin un mensaje reivindicatorio determinado. Al terrorismo explicado facciosamente desde las tribunas de la Casa Blanca, ese mismo terrorismo selectivo que sobrevive a partir de las reivindicaciones ideológicas, se uniría el terrorismo doméstico, una manera no nueva, pero si cada vez más popular de acribillar inocentes en plena vía pública.

Si al terrorismo de connotación extremista le caracteriza el enaltecimiento de hechos de violencia sellados con sangre bajo el propósito de “aleccionar al enemigo”, el otro, el terrorismo doméstico, destaca por su origen aparentemente espontáneo; por un lado, tenemos a personas entrenadas desde la ortodoxia del fundamentalismo, sea cual sea su región geográfica, hombres y mujeres adiestrados para matar, ir a la cárcel o dar la vida si es necesario, mientras que del otro, tenemos a personas de apariencia serena que pasan por inadvertidos, seres del común denominador cuya inadaptación, sociopatia, los empuja a cometer asesinatos en lugares públicos ante la mirada atónita de un público involuntario. Uno y otro terrorismo tienen su base en el odio, uno y otro provocan horror al utilizar el asesinato como un performance que multiplica su macabro efecto al ser revisado una y otra vez desde los medios electrónicos, como si de un acto circense se tratara.

Existe pues una rara asimilación de la violencia (explicable o no) por parte de nuestras sociedades, que contribuye lastimosamente a que el homicidio en público sea reconocido cada vez con más fuerza, como un hecho común y corriente del diario acontecer social.

Aunque hoy día sean cada vez sea más evidentes, las imágenes de padres de familia asesinando a sus hijos para luego darse un tiro en la cabeza, personas arrojando a otras a las vías del metro, ataques en vehículos en movimiento o decapitaciones en centros comerciales, hace algunos años estas mismas, se antojarían como arrancadas de alguna novela distópica, mas hoy tendríamos que reconocer que las espeluznantes escenas de zombies invadiendo las grandes ciudades, bien podrían ser sustituidas por el arribo de un grupo de personas que abandonan sus hogares o sus horas laborales para lanzarse a matar a las calles ¿desde cuándo la realidad superó la ficción? ¿Hace cuánto germinó ese odio a lo humano entre humanos, y no nos dimos cuenta?

Como arrancada de una tragicomedia con grandes dosis de surrealismo, los grupos acostumbrados a exponer en las redes sociales desde sus viajes,  mascotas, y hasta lo que se van a comer, estarían utilizando esos mismos espacios virtuales para transmitir en vivo violaciones, golpizas, e inclusive hasta sus propios suicidios, previo a la publicación de emotivas cartas donde se hace una exposición de motivos del suceso. En medio de likes y selfies, el réquiem por lo humano, exhibe los tentáculos no plenamente reconocidos del terrorismo doméstico, la más elaborada creación del odio en nuestro planeta.

La propia cultura de violencia asimilada durante años por la sociedad estadounidense habría permeado en la nuestra, las tristes imágenes de un estudiante masacrando a sus compañeros se repetirían en nuestro país, aunque nunca hasta el momento, con la misma amplitud de lo acontecido en Columbine. También se repetirían las escenas de asesinatos en lugares públicos, los linchamientos, la polarización dando paso a la desmesura que se apodera de las redes sociales. La adicción a los videojuegos, la exacerbada difusión de lo truculento en la música, el extremismo en el lenguaje o hasta en la vestimenta, son parte de esa misma cultura de la violencia, una multiplicación de todo lo anterior, pero al estilo mexicano, cuando la intolerancia sustituye lenta pero efectivamente a la cohabitación pacífica entre las personas.

Decir que la violencia estadounidense es la culpable de lo que ocurre en México, sería un mensaje moralista, de un puritanismo impermisible para el que escribe el presente artículo, negar (por otro lado) que junto con las armas que atraviesan ilegalmente la frontera, nos llega también la poderosa influencia del culto a la violencia seria también falso; en todo caso, se trata de un problema compartido pues la desproporcionada posesión de armas y su uso irregular en los Estados Unidos, afecta no solamente a nuestro país; sino a toda la región.

Según cifras del Centro Brady, especializado en prevención y control de las armas de fuego en los Estados Unidos, diariamente 315 personas reciben disparos en asaltos, suicidios, tentativas de suicidio, tiroteos e intervención policial. Diariamente, mueren 93 personas por violencia armada derivada de asesinatos, suicidios, intervención legal y otros. Todos los días según cifras del propio centro, en los Estados Unidos 222 personas reciben disparos y sobreviven a ataques, intentos suicidio e intervención legal. A pesar de las atroces cifras que reflejan el uso infame de las armas de fuego, ha fracasado toda acción por regularlas, anexando a la lista de víctimas por la violencia armada, el arribo al poder de Donald Trump, un presidente abiertamente racista, quien llegó a la presidencia utilizando facciosamente un rabioso discurso recargado en la supremacía blanca, lo que sin duda contribuyó a reactivar los mensajes de odio de los grupos fundamentalistas que defienden la retorica del totalitarismo en las calles, desafiando incluso a las instituciones de un país que hacia afuera pretende aleccionar a los países de la región, interviniendo en sus procesos democráticos, pero que hacia adentro, no ha podido restituir el orden en su propio territorio; un mensaje tan contradictorio como inaceptable, en un mundo que requiere ya de urgente reconciliación entre contrarios. Mientras el presidente de la nación más poderosa, dirige sus acusaciones hacia un “eje del mal” diseñado a la manera de sus prejuicios e intereses facticos, el mundo fenece en una espiral de odio y muerte que ya tomó como rehén a la sociedad en su punto más vulnerable, los hogares, futuras fabricas de terroristas domésticos, dispuestos a vaciar sus rifles, autos o lo que pueda utilizarse como arma, para descargar su odio sobre personas inocentes, o hasta culpables desde su lógica enfermiza.

Faltara ver si el mundo estará preparado para recibir a decenas de matones en potencia que atacaran desde cualquier punto o en cualquier momento, asesinos que se preparan desde la calma de sus casas, bajo la sombra del anonimato.

Faltara igualmente, ver como enfrentara América (acostumbrada a mirar hacia afuera), a los asesinos espontáneos de adentro, los no reconocidos en el discurso aleccionador y moralista.

Habrá que ver si el puritano país del norte, está dispuesto a recapitular reconociendo sus errores, para ingresar a una muy larga rehabilitación desde la cultura de paz, hecho que se antoja muy lejano todavía.


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