La historia de Irma revela la frontera invisible de la trata, esclavitud sexual y las desapariciones de mujeres en el destino turístico más lujoso de Baja California Sur.
Los Cabos, Baja California Sur.- La voz salió quebrada, apenas un murmullo atrapado entre la respiración agitada y el miedo.
–Por favor, ayúdeme…
Del otro lado de la línea, la operadora de emergencias, escuchó un silencio extraño antes de que la mujer volviera a hablar…
–No cuelgue, ¿Dónde está?
La mujer tardó unos segundos en responder.
-No se…creo que en la Gastélum… por favor, si escucho que entra alguien, voy a colgar. Le robé el teléfono, estoy secuestrada-
La llamada se cortó.
A las 7:35 de la mañana del martes 17 de marzo, una mujer pidió ayuda detrás de un candado.
La víctima Irma Sánchez Jiménez llevaba más de 50 días encerrada en una casa de bloques grises, puerta metálica, lonas oscuras y tablas de madera que parecía escondida entre calles de tierra, donde el lujo de Los Cabos, deja de existir.
La joven de 27 años había recorrido más de mil 600 kilómetros desde San Pedro Mártir, Veracruz, no por voluntad propia, sino obligada por un hombre que la convirtió en esclava sexual en uno de los destinos turísticos más exclusivos de México.

Tras ser alejada de su tierra, estuvo sometida a amenazas de muerte, violaciones, golpizas continuas e impuesta a posar desnuda frente al lente de una cámara fotográfica.
La joven Irma salió de su casa el 25 de enero de 2026 para ir al mercado de San Pedro Mártir, una localidad del municipio de Cosoleacaque, Veracruz.
Nunca regresó.
De acuerdo con su testimonio ante los policías municipales, ese día fue interceptada por José Eloy Cadena Torres, de 54 años, quien utilizando chantaje psicológico y métodos de violencia la obligó a viajar hasta Baja California Sur.
La señora Guadalupe Jiménez fue a reportar la desaparición de su hija ese mismo día al caer la noche.
Informó sobre la situación a las autoridades que todavía tenían que esperar algunas horas más para poder activar el Protocolo Alba, con el objetivo de localizarla.
No bastó con eso. La jefa de familia consiguió ayuda para imprimir el rostro y los datos personales de su hija en hojas de papel, y pegarlas en postes de luz, paradas de camiones, entradas de comercios, afuera de oficinas públicas y hasta en las paredes de los pasillos del mismo mercado donde había desaparecido Irma.
La ficha de búsqueda se lanzó, “Lupita” salió a las calles decidida a encontrarla. Juntó a una decena de vecinos y familiares para que la apoyaran.
Nada.
Durante dos semanas las labores de localización se extendieron entre cerros y carreteras al mismo tiempo que el pueblo no se explicaba la misteriosa desaparición.
El testimonio de la víctima grabado por el equipo del Centro Estatal de Justicia para Mujeres refiere que despertaba imaginando a su madre preparando el café por las mañanas en Veracruz, durante las semanas que estuvo retenida en una vivienda cercana al rancho Taste Norbert, en una de las zonas periféricas de Cabo San Lucas, donde la pavimentación termina y comienza el polvo: la colonia Leonardo Gastelum.
La escena no ocurrió en una casa de seguridad clandestina escondida en la sierra. Ocurrió a unos 10 kilómetros de la zona dorada de Cabo San Lucas. En ese espacio rodeado de hoteles donde una sola noche cuesta más que el salario mensual de muchas mujeres sudcalifornianas. Por fuera no parecía distinta a las demás, pero dentro era otra cosa.
El caso de Irma no fue aislado.
El 21 de agosto de 2019, la Fiscalía General de la República ejecutó un operativo urgente en Cabo San Lucas, y rescató a varias mujeres extranjeras víctimas de explotación sexual en bares y centros nocturnos.
Las autoridades esperaban encontrar hasta 60 víctimas, y solo lograron rescatar a 16. Cinco personas fueron detenidas.
Según la investigación federal, varias mujeres eran mantenidas en domicilios de renta contra su voluntad, misma situación que la muchacha veracruzana.
La historia de Irma parece una excepción. En los registros oficiales casi no existe.
Mientras era sometida a violencia física, psicológica y sexual, las estadísticas apenas mostraban movimiento.
Datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, muestran que en Baja California Sur, solo se iniciaron tres Carpetas de Investigación por el delito de trata de personas durante 2024 y 2025.
En los primeros meses del 2026 apenas se había abierto una.
Los agentes llegaron a las 7:55 de la mañana, hasta la vivienda donde estaba Irma. Tocaron una vez, y nadie respondió. Volvieron a tocar, entonces escucharon movimiento adentro. Uno de los oficiales rodeó la casa, mientras otro empujó la puerta principal.
José Eloy, apareció sorpresivamente en modo defensa para detenerlos. Quiso bloquear el acceso pero fue sometido en cuestión de segundos.
Después vino el silencio.
Hasta que alguien escuchó golpes resonando detrás de un muro desgastado.
–Aquí…aquí estoy-…
Repetía una débil voz del otro lado.
En breves segundos vino el sonido que retumbó entre las desgastadas paredes. Fue cuando el candado cayó al suelo.
Irma apareció encogida en una esquina del cuarto.
Ella estaba ahí, descalza, con la mirada perdida y temblando.
Lo primero que hizo la joven al verlos fue cubrirse el cuerpo con los brazos, como si todavía creyera que iban a lastimarla.
Según el Informe Policial Homologado, la víctima presentaba dificultad para comunicarse, y se mantenía temblorosa al momento de ser localizada.
De acuerdo con el reporte oficial, había un colchón tirado sobre el piso, un par de cadenas, una cubeta vacía, ropa amontonada en una esquina. Sobre el piso había restos de comida echada a perder, botellas vacías y fotografías rotas esparcidas en una mesa.
Los agentes encontraron ropa interior femenina tirada cerca de un mueble destartalado y un teléfono celular escondido entre las cobijas.
“Se distrajo afuera con un vendedor y lo agarré”, les confesó Irma, como si de tomar rápidamente el dispositivo móvil para comunicarse con el 911, dependiera su vida.
“Cuando tomé el teléfono me temblaban tanto las manos que casi lo tiro. Pensé que si me descubría me iba a matar, pero también pensé que era mi única oportunidad. Comía lo que él me dejaba, a veces tortillas frías, sopa instantánea o sobras. Había días en que casi no tenía hambre por el miedo. Las noches eran lo peor. Me acostaba sin saber cómo iba a amanecer al día siguiente. A veces ni siquiera podía dormir”, le relató a las agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos contra la Libertad Sexual y La Familia.

Irma siguió con la declaración: “La vez que pensé que iba a morir fue cuando me golpeó después de que le pedí que me dejara hablar con mi familia. Ahí entendí que podía hacerme cualquier cosa y que nadie iba a escucharlo”, remató.
Cada relato de la mujer fue integrado como evidencia del caso en la Carpeta de Investigación abierta por la Procuraduría General de Justicia del Estado, donde se afirma que en ese domicilio sucio y con apariencia de abandono Irma había sido víctima de abuso físico y psicológico, privación ilegal de la libertad y posibles delitos vinculados con trata de personas.

“Yo sí escuchaba llorar a una muchacha”, diría después una vecina, mirando constantemente a la casa.
“A veces eran gritos bajitos…como de pelea. Pero aquí la gente casi no se mete. Uno no sabe con qué clase de personas anda tratando.”
“Llévenme con mi mamá”, dijo Irma cuando buscaba acomodarse en el asiento trasero de la patrulla.
La unidad de seguridad pública avanzó entre el camino de terracería, levantando nubes de polvo con el movimiento de los neumáticos para dejar atrás la pesadilla que vivió la mujer durante su cautiverio.
Afuera, Los Cabos, seguía recibiendo turistas de varias partes del mundo.
Las fotografías oficiales muestran yates, golf, celebridades y “playas perfectas”.
Sin embargo, existe otra geografía, una que no aparece en las campañas promocionales.
Es el “traspatio” del paraíso: colonias irregulares, calles de tierra, hacinamiento y viviendas de renta donde podrían ocultarse víctimas de explotación sexual.
La joven Irma recibió el apoyo del aparato gubernamental para abordar un avión y volver a su hogar. Su madre ya sabía lo que le había ocurrido y la esperaba con desesperación.
Al principio, no creía todo lo que le informaron en la fiscalía de personas desaparecidas de la región. Tuvo que respirar hondo y asimilarlo.
Lupita estaba perdiendo la esperanza de encontrarla, por lo menos viva. Sin saber que su hija estaba muy lejos de la tierra donde había nacido, hasta que recibió la llamada donde le confirmaron que había sido encontrada.
La espera para ella fue larga.
Los trámites de viaje en Baja California Sur, se prolongaron debido a la gravedad del caso, a las indagatorias para fortalecer el expediente judicial, pero principalmente por la condición de salud de Irma.
La joven tuvo que seguir un tratamiento mental al pie de la letra, luego de ser evaluada por Trabajo Social y pasar los filtros correspondientes para la atención integral de víctimas de violencia. Según el historial clínico, la valoración psicológica preliminar identificó indicadores compatibles con trauma severo, derivado del maltrato y las agresiones sexuales referidas por la paciente.

Los médicos que la atendieron encontraron a una mujer agotada, con lesiones en distintas etapas de cicatrización. Durante los chequeos iniciales se documentaron múltiples heridas de distintas etapas de evolución y con episodios repetidos de violencia física.
La joven Irma fue diagnosticada con desnutrición severa, con dificultades para conciliar el sueño, además de episodios de ansiedad y paranoia recurrente.
El reencuentro en el Aeropuerto Internacional General “Heriberto Jara” por fin se dio.
La víctima tuvo un largo abrazo con su madre.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de ambas, sus cuerpos temblorosos por la emoción de volver a encontrarse no paraban de hacer movimientos involuntarios.
Guadalupe le tocó el rostro varias veces antes de abrazarla, como si necesitara comprobar que seguía viva.
Después besó la frente de su hija. Minutos después la tomó de la mano y comenzaron a caminar juntas rumbo a su hogar para la reconstrucción de sus vidas.
Solo quería volver a despertar en su cama y levantarse para probar el café de talega preparado por su madre que tanto recordaba en aquel cuarto oscuro donde estuvo recluida.
Lo primero que hizo el primer día que regresó a su casa fue darse un baño caliente, tratar de relajarse, escuchar música, hojear sus diarios de antaño, mirar sus álbumes fotográficos, solo distraerse del entorno para volver a sentir la calidez del hogar.
En un estado donde decenas de familias siguen buscando a sus hijas desaparecidas, donde los colectivos salen al desierto con picos y palas, donde las madres recorren morgues y oficinas ministeriales, el caso de Irma dialoga con otra cifra inquietante.
El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas dice que durante 2025 se activaron 162 fichas de Protocolo Alba en Baja California Sur por reportes de mujeres desaparecidas.
En los primeros meses del 2026 ya sumaban 61, de las cuales, 39 correspondían a menores de edad.
La Paz concentró 34 activaciones y Los Cabos 20. Ocho fichas continúan activas porque las personas reportadas aún no han sido localizadas.
Irma regresó. Su nombre no se quedó pegado a un cartel de búsqueda ni a una ficha pendiente, pero su historia revela la delgada frontera que separa una desaparición en un destino de clase mundial dentro del territorio sudcaliforniano.
La llamada recibida por el 911 fue la clave. Un fugaz intercambio de palabras donde la operadora intentaba mantenerla hablando para que las patrullas comenzaran a guiarse por fragmentos de información, por una ubicación incierta que dependía de la posibilidad de una tragedia.
El candado se mantuvo varias horas tirado sobre la tierra frente a la casa. Nadie lo recogió. El metal oxidado permaneció ahí, abierto por primera vez en mucho tiempo.
Guadalupe colocó la taza frente a ella. El café estaba caliente. Irma lo sostuvo entre las manos durante varios segundos antes de beber.
Durante semanas había imaginado ese momento en una habitación cerrada con candado a más de mil 600 kilómetros de distancia. El aroma era el mismo que recordaba. También la voz de su madre. También la casa. Por primera vez en cincuenta días ya no tenía que imaginar nada.
Afuera, la mañana siguió avanzando como cualquier otra en San Pedro Mártir.
Al mismo tiempo, en Baja California Sur, otras familias continuaban pegando fichas de búsqueda en postes y bardas. Algunas seguían esperando una llamada. Otras recorrían oficinas ministeriales. Otras caminaban por el desierto bajo el sol con la esperanza de encontrar historias como la de Irma que terminó de una forma que pocas veces ocurre: alguien escuchó.
Una operadora escuchó una voz quebrada. Una patrulla encontró una casa. Un candado cayó al suelo.
Pero en el territorio donde desaparecen mujeres, donde la trata de personas se oculta detrás de puertas cerradas y viviendas anónimas, todavía existen historias que siguen esperando del otro lado.
El candado de Irma quedó abierto aquella mañana en Cabo San Lucas.
Los demás siguen cerrados.
![]()


