¡Sorpréndeme Septiembre!

Desde que empezó la cuarentena en el mes de marzo, nos decimos a manera de burla, y al inicio de cada mes: “Sorpréndenos 2020”. ¿Qué sigue?

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Ha pasado tiempo, varios meses desde que escribí esta columna, no por capricho, pero si por urgencia, porque este espacio sucumbió a la “Nueva Normalidad”, de todas las responsabilidades que me acosan, este rincón se sacrificó por ellas. 

¿Cómo regresar? ¿Qué tema debo abordar si ya se dijo todo? ¿Si el presidente se peleó con tal o cual? ¿Qué si el manejo de la pandemia es una catástrofe? ¿Qué si la corrupción ya se acabó?

Han pasado de todo, desde la última vez que escribí, y de hecho esta vez, quiero abordarlo todo y nada, así, al mismo tiempo, muertes célebres, muertes silenciosas, errores y triunfos.

Nos volvimos urgentes, deseables e indeseables, a la vez, todo nos entró el miedo y la esperanza, hemos llorado y reído en todo este tiempo, estamos hartos, estamos cansados, estamos esperando lo que sigue, somos frívolos, somos humildes; mandamos todo a la chingada, y lo queremos todo de vuelta; en gran o en menor medida hemos perdido algo; nos hemos hecho expertos en epidemiología, pero somos completos ignorantes de nosotros mismos; la jornada que se repite, mañana es mañana, se repite hasta que la tragedia nos saca del tedio; así, les digo, todo y nada nos ha pasado en estos meses.

De mi círculo cercano, algunos han sufrido, mi gente ha reforzado sus miedos, pero a la vez sus alegrías, su gozo es más genuino, más fino y real, el miedo allí está agazapado, temeroso a salir, esperando alguna hora oscura para extender sus brazos y tentar hombros: “aquí estoy, aquí sigo”.

¿Qué sigue? ¿Hacia dónde va esta realidad? ¿Se fastidió para siempre nuestra “vida normal” ? ¿Las autoridades más allá de ser empáticas son reguladoras de nuestros miedos? ¿Acaso tiene que ser diferente?, ¿Somos capaces de encerrarnos voluntariamente?

La pandemia trajo consigo, una crisis económica aguda, de la cual todavía estamos por observar sus efectos más severos, si, ya tocamos fondo, pero la recuperación será muy lenta, más lenta de lo que los expertos estimaron al cierre de los primeros seis meses del 2020.

La crisis económica nos arrastra a otras crisis menores que parecen conspirar con la más grande, lo que hicimos bien un día, al otro es insuficiente, es una masa de infortunios: falta de empleo, delincuencia, drogadicción, deserción escolar.

¿Sigo la lista?

Las historias las hemos contado en los espacios en los que trabajo.

Las crisis si tienen nombre y apellido, no se cuentan en números, se cuentan a través de sus lágrimas, sus manos cansadas, su espalda entumecida, de sus conjuros domésticos frente a la desgracia “bendición antes de salir de casa” y “persignación al recibir unos pesos”.

Las historias han humanizado esta pandemia, la han personalizado, como auténtica, singular, conocida y propia.

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Afortunadamente, algunas de ellas, al mostrarlas, han servido para llevar la ayuda a quienes la necesitan, han servido para denunciar y castigar a quien se lo merece.

Por si fuera poco, la península de Baja California se mete inevitablemente,  al periodo más intenso de la temporada de huracanes, frente a ello, no dejo de pensar en lo que nos espera durante los meses de septiembre y octubre, es un constante conflicto mental, pedirle a quien sea: “Que nos vaya bien”, pero mi pesimismo se expresa: -“¿Nos irá mal? ¡Nos irá mal!, ¡Sálvese quién pueda!”, no creo que un cubrebocas nos protegerá contra una racha de viento de 200 km/h.

Al cierre de agosto llevamos ya varios sustos, Genevieve, Hernan e Iselle, sus nombres: lluvia tolerable, que puso a prueba al statu quo choyero.

¿Estamos listos para enfrentar al Coronavirus, a la crisis económica y a los huracanes al mismo tiempo? ¿Es justo? ¿Qué sucederá con los que ya están afectados por el bicho? ¿Por haber perdido el empleo? ¿Por ganar menos de la mitad de su sueldo? ¿Por vivir en el cauce del arroyo?

Así, como la pandemia evidenció lo frágil que es el cuerpo humano, también nos mostró lo endeble de nuestro estado de derecho, de nuestros sistemas públicos de salud, de impartición de justicia, educativo; ahora falta que nos agarremos a golpes por la vacuna, literal, sucederá, estamos al borde de la locura, y hablar de esa cura milagrosa que no existe aún, que llegará algún día, nos enloquece más; pero, ¿Existe cura contra la falta de estado de derecho? ¿Contra la corrupción? ¿Contra la impunidad? ¿Contra la ansiedad y la paranoia de vivir encerrados?

Estamos mentalmente contagiados por otro virus, el de la histeria.

Quiero cerrar esta entrada, con un último cuestionamiento: ¿Qué sigue?: desde que empezó la cuarentena en el mes de marzo, nos decimos a manera de burla, al inicio de cada mes, “sorpréndenos 2020”, la frase se queda corta con tanta desgracia acumulada, absurda y continua.

“¡Sorpréndeme septiembre!”, lo dije en marzo, lo dije en abril, mayo, junio y julio, en agosto, lo repetí y en septiembre lo vuelvo a pronunciar como si fuera un encantamiento contra lo inconmensurable, contra lo inesperado, contra la ley de Murphy de la realidad, es un hechizo inútil, una palabra mágica para espantar las malas vibras; lo sé, es inútil, pero igual lo repito en silencio en medio de vivir días y noches similares.

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