La última fila

Con el repique de campanas y una fila que no terminaba, Baja California Sur despidió a Miguel Ángel Alba Díaz, el obispo que durante 25 años caminó junto a su comunidad.

La Paz, Baja California Sur.- Las campanas no anunciaron misa, anunciaron despedida. A las cinco de la tarde, una mujer apretaba un rosario entre las manos mientras avanzaba lentamente frente al Santuario de Guadalupe. Nadie hablaba en voz alta. No hacía falta. Todos sabían a quién venían a despedir.

En La Paz, el templo dejó de ser solo un espacio de culto para convertirse en el centro de un duelo compartido. Ahí, entre incienso, rezos y miradas contenidas, arribaron los restos de Miguel Ángel Alba Díaz, el obispo que durante 25 años caminó junto a su comunidad.

Desde antes del anochecer, comenzaron a formarse las filas. Algunos sostenían veladoras, otros llevaban fotografías; muchos avanzaban en silencio. No era prisa lo que los movía, sino la necesidad de estar presentes en el último encuentro.

Él bautizó a mis nietos“, dijo María, de 67 años, sin apartar la mirada del féretro. “No podía no venir“. El recibimiento no fue discreto. Las campanas de los templos repicaron al mismo tiempo, rompiendo la rutina de la ciudad. Fue un sonido largo, sostenido, que se extendió por calles y colonias como una señal inequívoca: algo definitivo había ocurrido

El féretro cruzó el umbral del santuario entre un silencio casi absoluto. Solo se escuchaban los pasos, el roce de la ropa, alguna oración apenas pronunciada. Dentro, el murmullo colectivo se transformó en recogimiento.

Minutos después, el altar fue ocupado por Miguel Ángel Espinoza Garza, quien presidió la primera Eucaristía. 

Siempre es triste despedir a alguien”, dijo, con voz contenida. “Siempre deja un hueco cuando una persona ya no está en nuestra vida”. El templo estaba lleno. Algunos escuchaban de pie, otros sentados en los pasillos, varios más desde la entrada. Afuera, la fila seguía avanzando. 

No nos quedamos vacíos. Seguimos caminando como iglesia, como familia”.

Las palabras encontraron eco en los rostros. Una mujer se secó las lágrimas con el borde del rebozo. Un hombre bajó la cabeza y cerró los ojos. Una niña, sostenida en brazos, imitó el gesto de los adultos y juntó las manos sin entender del todo.

Creemos que, aunque físicamente ya no está, permanece de manera espiritual”, añadió. El mensaje no fue de ruptura, sino de continuidad.

Miguel Ángel Alba Díaz no fue un obispo distante. Durante más de dos décadas recorrió comunidades, celebró sacramentos, acompañó pérdidas, escuchó historias. Su presencia se volvió cotidiana en parroquias, en pueblos, en momentos íntimos de quienes hoy acudieron para despedirlo.

En una diócesis extensa y diversa, logró algo poco común: cercanía. No solo estuvo en los templos, también en los márgenes. No solo en las celebraciones, también en el dolor. Por eso su partida no se percibe como un relevo institucional. Se siente como la ausencia de alguien conocido.

Él siempre estaba”, dijo un hombre al salir del templo. El flujo de personas continuó entrada la noche. Las oraciones persistieron. Algunos entraban en silencio y salían igual. Otros permanecían unos minutos más, como si buscaran prolongar el momento. Nadie parecía tener prisa por irse. Porque hay despedidas que no caben un solo instante. 

La noche cayó sobre La Paz y las campanas dejaron de sonar, pero el santuario siguió lleno. Afuera, la ciudad retomaba su ritmo. Adentro, el tiempo parecía suspendido. Algunos fieles volvieron a formarse. Otros se quedaron sentados, mirando al frente. Como si una despedida no fuera suficiente. 

Porque hay ausencias que no se comprenden de inmediato. Y hay presencias –como la de Miguel Ángel Alba Díaz– que no desaparecen cuando el féretro se cierra, sino cuando la vida cotidiana intenta continuar… Y algo, en silencio, confirma que ya no está.