A un costado del asfalto, la tierra removida y los montículos improvisados revelan un secreto que durante años permaneció enterrado.
La Paz, Baja California Sur.– El sol de agosto cae implacable sobre la carretera que conduce de La Paz a San Juan de la Costa.
A un costado del asfalto, la tierra removida y los montículos improvisados revelan un secreto que durante años permaneció enterrado.
Son ya 66 cadáveres los que han sido exhumados en una serie de fosas clandestinas, localizadas en distintos puntos de este camino. Una ruta que hasta hace poco era asociada mas con la pesca y la minería que con la violencia.

El olor de la tierra húmeda se mezcla con el de la descomposición de cuerpos sin vida.
A unos metros, familias completas observan en silencio, con la esperanza —o el miedo— de que entre esos restos, se encuentre el ser querido que un día salió de casa y jamás regresó.
“Es como si la tierra hablara por fin”, dice una mujer que no quiere dar su nombre. Ella busca a su hijo desde hace cuatro años.
Los colectivos de búsqueda de personas fueron los primeros en señalar que algo ocurría en esta franja solitaria de Baja California Sur.
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Picos, palas y varillas improvisadas les condujeron a lo que después confirmaron las autoridades: fosas profundas, una tras otra, ocultando cadáveres de hombres y mujeres, algunos aún con vestimenta, otros apenas reconocibles.

Cada hallazgo, es un golpe de realidad. En un estado que presume de ser uno de los más seguros del país, la carretera se convirtió en un cementerio anónimo.
Los peritos trabajan sin descanso, colocando etiquetas numeradas sobre los restos.
A cada cuerpo, un número; a cada número, una esperanza para quienes buscan cerrar una herida abierta.
En la orilla del camino, algunos vecinos recuerdan haber visto camionetas entrar y salir de la zona en madrugadas silenciosas.
Nadie hablaba, nadie preguntaba. “Aquí el miedo también se entierra”, comenta un pescador que recuerda haber pasado por esos tramos oscuros sin atreverse a mirar hacia los costados.
Las autoridades estatales han confirmado que se trata del hallazgo más grande de fosas clandestinas en la historia de Baja California Sur.
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Sin embargo, más allá de las cifras, lo que se respira en el lugar es un ambiente de duelo colectivo. Sesenta y seis cuerpos son sesenta y seis historias truncadas, sesenta y seis familias que tal vez encuentren respuesta, aunque sea demasiado tarde.
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