El 09 de Marzo de 2020, las calles y lugares públicos, las escuelas y centros de trabajo, las instituciones, y en general, toda la vida orgánica del país, se quedaron “a medias”, si no es que paralizados en su conjunto.

Las mujeres de México decidieron no moverse de sus sitios en protesta a la situación que cada una de ellas vive y sobrevive en un país en el que, en el mejor de los casos les minimiza, en el peor de los escenarios, les asesina.

Las mujeres con su movimiento, le están dando otra configuración a la idea que tenemos sobre la sociedad que nos constituye.

Las redes sociales, los chats y medios de comunicación están encendidos con todo tipo de opiniones y nadie acierta en una comprensión adecuada de lo que está sucediendo.

La razón y la lógica de la lucha están ahí, a la vista de todos. Los números y datos duros son contundentes; la infamia, el desprecio y la misoginia también. Siglos de machismo recalcitrante haciendo eclosión en las almas de cientos de miles de mujeres que dicen “ya basta”.

Por otro lado, miles de personas protestando por la protesta y defendiendo lo inefable. Resistiéndose a negar su propia educación y su lugar en esta sociedad. Enfrentados a la dificultad de desterrar de golpe lo que mamá y papá les hicieron creer todo el tiempo.

Para algunos, la empresa les resulta imposible y para la mayoría es un proceso de castración ideológica muy difícil y soportar el hecho de ver a todas esas mujeres reclamando sus derechos es poco menos que aceptable.

El asunto es que la ruptura se vislumbra imparable. En esta ocasión no fue un llamado a elecciones ni la amenaza de algún virus o bacteria mortal. Se movilizó todo el país a través de las mujeres y el reclamo retumbó en todos los rincones. 

No hay ninguna organización formal ni partido político detrás de este movimiento. Los intentos de allanar la legitimidad de esta insurrección se estrellan con la causa que dio origen a todo, a saber, los principios de Igualdad y Justicia para todas las mujeres. Tampoco hay cabezas ni lideres visibles ni un peso ideológico tradicional de izquierda o derecha. Simplemente las mujeres apelan a lo básico y al derecho que les asiste.

Cuando menos en sus motivos, este movimiento se parece a la lucha por los derechos civiles que iniciaron los afroamericanos en los EEUU en 1954. Se busca lo mismo, y la organización también es espontánea.

El grito en los mismos decibeles y las calles insurrectas oliendo al mismo reclamo: Igualdad y Justicia.

Por su parte, el presidente Andrés Manuel López Obrador, si bien ha actuado con cautela y sin  represiones -que por ejemplo SI se dieron en contra de los afroamericanos-, se ha visto totalmente rebasado por la fuerza de las mujeres, en cuanto a la base del reclamo. Le ha costado bastante a AMLO entender la médula del movimiento feminista. 

La transformación moral de la política pública en México NO pasa, como cree el presidente, por la sanidad de sus instituciones ni por el combate a la corrupción, sino por la comprensión social de los conceptos de derecho, igualdad y justicia, y es eso precisamente lo que las mujeres están aportando en este momento.

El verdadero “moisés” que está haciendo cimbrar al país no es el decálogo moral de AMLO, sino la ruptura política y social que están teniendo las mujeres con la tradición “patriarcal” del contrato social.

El peje se está quedando corto como presidente y principal actor político ante el cisma. El aparato judicial y político ya se debería estar reuniendo para empezar a trabajar el tema.

Los congresos en todo el país ya deberían estar trabajando en las modificaciones a las leyes en materia de educación para terminar con la discriminación; en materia de trabajo para lo mismo, en materia de salud y vivienda; el poder judicial ya debería estar preparando a los ejecutores de las sanciones que la sociedad deberá aplicar a quien violente los derechos de las mujeres y de todos por antonomasia.

El mensaje para la sociedad en su conjunto por parte del presidente de la república, debe ser tan claro como cuando Nelson Mandela llamó a la unidad de blancos, negros, rollizos y mestizos para constituir MORALMENTE a la nueva Sudáfrica en 1994. Sin embargo, esto no está sucediendo.

Los asuntos de la violencia, las pintas, la destrucción e incluso la discusión de algunas personas sobre la mala facha de algunas feministas, es realmente lo de menos; lo más insignificante. Tampoco es relevante el feminismo recalcitrante que incluso llega a negar lo masculino de manera febril.

El alma de la protesta no se centra en un grupo de encapuchadas rompiendo santos en las iglesias o quebrando cristales en paradas del metrobus en la ciudad de México. El ojo está en las calles y en las voces de cada una de las mujeres que ahora están despertando a una nueva realidad: la realidad de la unidad de sus congéneres. 

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La tarea para las mismas mujeres tampoco se antoja fácil. Escindirse de su propia tradición machista, consciente o inconsciente, tampoco es como solicitarle al taquero que les enchile otro taco.

La forma de relacionarse es capital para este proceso de renovación y habrá que esperar para ver hasta dónde llega el sacrificio de los propios deseos respecto a la idea tradicional que actualmente se tiene de madre, hija, hermana, amiga, etcétera y su relación subjetiva respecto a los varones.

Esperemos entonces que lo que corra a partir de las magnas concentraciones del 08 de marzo de 2020, no sea la sangre de las mujeres asesinadas, sino la tinta de las plumas que piensan y de los grafitis que rayan paredes y monumentos, pero que de ninguna manera manchan la dignidad de las personas.

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