Ni la muerte de su esposo ni la enfermedad lograron detener a la madre buscadora que dedicó casi una década a encontrar a Fabián y finalmente pudo despedirse de él.
La Paz, Baja California Sur.- La llamada llegó cuando ya casi nadie podía imaginar que algún día sonaría.
Del otro lado de la línea estaba la respuesta que María del Carmen González había esperado durante casi nueve años.
Habían encontrado a Fabián.
Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse.
No hubo gritos.
No hubo celebración.
No era el desenlace que soñó cada noche desde septiembre de 2017. Pero era la verdad. La verdad que buscó bajo el sol inclemente del desierto, entre brechas perdidas, arroyos secos y montañas donde aprendió a escarbar la tierra con las manos y con el alma.
El jueves 4 de junio de 2026, la fundadora del colectivo Búsqueda X La Paz recibió la noticia que llevaba casi una década esperando. Un día después, pudo despedirse de su hijo.
“En septiembre del 2025 cumplió ocho años y desde entonces no tenemos noticias de él, ni nada. Es como si se lo hubiera tragado la tierra“.
La frase la pronunció Carmelita apenas unas semanas antes de conocer la verdad. Todavía buscaba. Todavía esperaba. Todavía creía. Las madres buscadoras nunca dejan de esperar.
La respuesta que Carmelita buscó durante casi nueve años había permanecido enterrada durante meses.

José Fabián Olachea González fue localizado por Búsqueda X La Paz el 1 de febrero de 2026 durante una jornada de rastreo en San Juan de la Costa.
Fue el primer hallazgo del año para el colectivo. Sin embargo, tuvieron que pasar más de cuatro meses de análisis forenses para que, el 4 de junio, las autoridades confirmaran su identidad.
Al día siguiente, el 5 de junio, sus restos regresaron finalmente a casa.
Por primera vez desde aquella madrugada de septiembre de 2017, Carmelita tuvo un lugar donde llorar a su hijo.
Un sitio donde llevar flores, un espacio para despedirse y comenzar a cerrar una herida que permaneció abierta durante casi una década.
Pero la historia de Fabián también forma parte de una tragedia mucho más grande.
En los casi dieciocho meses de trabajos realizados por Búsqueda X La Paz en la zona de San Juan de la Costa, se han localizado 97 osamentas humanas distribuidas en 72 fosas clandestinas.
De ellas, 26 personas siguen sin ser identificadas y continúan esperando que alguien pronuncie nuevamente sus nombres.
Detrás de cada osamenta hay una historia suspendida. Una madre que espera. Un padre que resiste.
Una familia que se niega a olvidar.
Las cifras reflejan una realidad que sigue golpeando a Baja California Sur.
De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, entre enero de 2017 y junio de 2026 se mantienen 908 personas con ficha de búsqueda activa en la entidad.
Hoy una de esas fichas deja de existir.
No porque el milagro del regreso ocurrió.
Sino porque una madre cumplió la promesa que le hizo a su hijo el día que desapareció.
Encontrarlo.
Todo comenzó la madrugada del 25 de septiembre de 2017. José Fabián dormía junto a su esposa y su pequeño hijo cuando un grupo de hombres armados y encapuchados irrumpió en la vivienda familiar.
Se lo llevaron.
Nadie volvió a verlo.
A partir de ese momento comenzó una pesadilla que transformó para siempre la vida de Carmelita y de su esposo Vicente Áviles Olachea.
Primero fueron las denuncias.
Después las llamadas.
Luego las búsquedas improvisadas. Más tarde llegaron los recorridos interminables.
“Nos fuimos al monte, a los arroyos, ahí anduvimos. Tiempo después fue cuando se formó el grupo de búsqueda y comenzamos a buscarlo con ellos. Cada fin de semana salíamos con palas y picos a buscar, a escarbar la tierra con la esperanza de hallarlo. Solo éramos mi esposo Vicente con otras familias con la ilusión de encontrar a nuestros tesoros.”
Así nació una generación de buscadores en Baja California Sur. Hombres y mujeres sin entrenamiento, sin protocolos y sin recursos que aprendieron a localizar fosas clandestinas impulsados únicamente por el amor a sus desaparecidos.

Entre ellos estaba Vicente.
Callado. Fuerte. Incansable. Un hombre que convirtió el dolor en trabajo de campo y que caminó durante años por cerros, cañadas y desiertos buscando una sola respuesta.
“Vicente fue uno de los pioneros en la localización de fosas clandestinas en el estado. Junto a otros buscadores consiguió encontrar cuerpos de desaparecidos que hoy descansan junto a sus familias.”
Pero el destino fue cruel.
Vicente ayudó a regresar a muchos hijos a casa. Menos al suyo. Hace tres años falleció sin saber qué había ocurrido con Fabián. Murió después de cuatro años de acompañar a Carmelita en jornadas de rastreo entre brechas inhóspitas y parajes donde la esperanza era el único combustible.
Murió esperando.
Murió creyendo.
Murió sin respuestas.
Para Carmelita aquello pudo haber significado el final. No lo fue. Continuó. Porque las madres buscadoras no tienen permiso para rendirse. Aunque el cuerpo se rompa. Aunque el corazón esté agotado. Aunque el tiempo pase.
Los años comenzaron a cobrar factura. Miles de kilómetros recorridos bajo temperaturas extremas dejaron huellas irreversibles. Su salud empezó a deteriorarse. Las piernas que durante siete años caminaron por el desierto dejaron de responder.
“Desde hace algunos meses tuve que parar y permanecer postrada en mi cama. Me operaron en marzo del 2024 de una enfermedad en la rodilla y desde entonces no he podido quedar bien, sin poder salir a buscar.”

La silla de ruedas sustituyó los largos recorridos. Pero jamás apagó su lucha. Ya no podía subir cerros. Ya no podía recorrer arroyos. Ya no podía escarbar. Pero seguía marchando.
Seguía levantando la voz.
Seguía exigiendo justicia.
Seguía buscando.
Acompañada siempre por su hijo Miguel y por su nuera, quienes heredaron la misma determinación de encontrar a Fabián. Hasta que llegó la llamada.
La llamada que puso fin a casi nueve años de incertidumbre. La llamada que confirmó lo que ninguna madre quiere escuchar y al mismo tiempo necesita saber.
El colectivo Búsqueda X La Paz compartió la noticia con una frase que resume casi una década de lucha. “Sí Carmelita. Lo lograste. Encontramos a Fabián.”
No fue el regreso que soñó.
No fue el abrazo pendiente.
No fue el reencuentro imaginado durante miles de noches. Pero fue el final de la búsqueda. Fue una respuesta. Fue un lugar donde llorar. Fue una verdad. Y en el fondo, también fue una promesa cumplida.
Hoy, Carmelita puede despedirse de su hijo. Y quizá, en algún lugar donde ya no existe el dolor ni la ausencia, Vicente por fin pudo abrazarlo primero. Porque hay historias que terminan en tragedia. Y hay otras que terminan en verdad. La de Carmelita contiene ambas.
Nueve años después, la madre que enseñó a buscar en Baja California Sur encontró finalmente a su tesoro.
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